Capítulo I / Serie I: Los Padres

Serie I: Los padres.

Gran parte de lo que asumimos como nuestra cultura nos es directamente inducida por nuestros padres y abuelos y en general por nuestro círculo familiar. Esto es válido también para nuestras creencias, sin embargo en muchos casos algunos de los aspectos que nos definen, como nuestras convicciones políticas, tardan un poco en sernos presentadas por los parientes más cercanos, quienes tienden a aceptar que a corta edad no estamos preparados para comprender o asumir como ciertos los ideales que ellos quisieran que compartiésemos.

Seguramente un buen padre socialista o liberal considerará, eventualmente, como un logro satisfactorio el que su hijo o hija comparta su visión política, posiblemente en un plano más banal, un padre verá con buenos ojos que su hijo o hija sea aficionado a los mismos deportes o equipos deportivos. Yendo más allá, un padre abnegado pero seguro de la crianza de sus hijos comprenderá si su buen retoño se sale un poco del carril y fuese un poco más de izquierda o de derecha de lo que espera, o que sea aficionado a los Dodgers y no a los Yankees.

En ese entorno general, se nos permite discernir, ser nosotros mismos. Sin embargo existe una parte de lo que debemos asumir como nuestra cultura, que nos es inducida sin el mismo criterio de reflexión. Si bien un padre no consideraría, generalmente, hablarle de política e imponer su visión o convicciones políticas a un niño de menos de 10 u 8 años, pareciera que inexorablemente se siente obligado a llevarles por el único camino infalible, el único dogmático e inequívoco del cual depende su salvación.

Esta salvación depende poco de los principios y valores humanos lógicos y fundamentales que, en general, defiende la raza humana, esta salvación no tiene mucho que ver con la ética y la ley o con la forma de conducirnos correctamente frente al resto de la nuestra especie. Porque aún antes de que podamos saber acerca de los deberes y derechos, antes de que aprendamos normas de cortesía y del buen convivir, nuestros padres han decidido cual es el camino que salvará nuestro espíritu, nuestra alma inmortal, de los terribles designios del pecado. Porque aún antes de poder hablar o comprender, cuando nuestra psique asumirá como cierto las enseñanzas paternas más allá del bien y el mal, se inducirá a esa pequeña criatura humana a una de las últimas supersticiones ancestrales de la especie; la religión.

Mucho antes de poder siquiera pensar en el camino de la verdad, un padre responsable habrá bautizado, circuncidado o iniciado a su descendiente en su  creencia espiritual cultural, en el sano camino de la salvación de las almas, en el verdadero camino a dios.

Richard Dawkins ha definido esta inducción de la infancia a la religión como un virus, que se extiende de generación en generación y que en ocasiones es roto por la simple capacidad humana de dilucidar nuestra propia obra de ingenio. No es necesario explicar aquí los caminos convergentes que refuerzan después dicha elección paternal de las creencias, usualmente los mismos padres eligen el entorno especial en el que sus hijos verán reforzada su escala de valores religiosos, las escuelas a las que asisten, las iglesias o comunidades a las que pertenecerán y a las que le harán ir y a las cuales, eventualmente, asumirá cada uno como suyas.

Para la impresionable mente de un niño de 8 o 12 años, el concepto terrible del castigo perpetuo, del infierno, puede parecer la más terrible de las pesadillas. Imagínense el terrible drama de un niño ante la posibilidad de quedarse sin ver su programa favorito o de jugar en su cónsola de video por una conducta inapropiada y multipliquen eso por millones ante la terrible pesadilla de pasar la eternidad hirviendo o quemándose en interminable dolor hasta el fin de los tiempos en compañía de los más perversos seres creados por la imaginación, en uno de los lugares más horrible imaginados por alguna mente humana enferma, el infierno.

En una sociedad que cada vez más procura la defensa de la infancia y condena el abuso infantil tanto físico como psicológico, pocos o ningún legislador condena el inculcar a los niños el terrible miedo de pasar la eternidad en un infinito dolor interminable y ardiente, en un castigo imperecedero y sin redención.

El llamado “temor a dios” es una de las más antiguas manifestaciones de debilidad e incapacidad de los padres para hacer de sus hijos mejores personas. En muchos casos la simple incapacidad de encaminar a un niño difícil, inquieto o brillante es solucionada con la presentación de la horrible perspectiva del castigo eterno y de visiones de demonios y otras criaturas imaginarias que solo conllevan la maldad y perversión de aquellas personas que las crearon o imaginaron.

Desde pequeños se enseña a los niños a cuestionar a quienes no comparten la visión religiosa de sus padres, o de su comunidad, se enseña a juzgar a otro niño en África u otro lugar apartado que jamás habrá oído hablar de un Cristo o un Mahoma, se enseña a condenar la falta de fe de aquel que no ha podido escuchar el camino de la verdad tan solo porque posiblemente nunca llegó a su lado alguno de estos poseedores del gran secreto de la salvación.

Infieles, paganos, no creyentes y otros tantos epítetos llenos de intolerancia son los que habrán de repetir estos niños si no alcanzan a entender que somos de la misma especie, que compartimos los mismos genes y que hemos llegado a esta parte del camino evolutivo tras millones de años de transcurrir.

En países del llamado primer mundo, en pleno siglo XXI, comunidades de padres exigen que sus hijos reciban educación religiosa en las escuelas públicas, pretendiendo que se enseñe la teoría de la evolución si acaso como un soporte cultural, a pesar del soporte científico y millones y millones de estudios y evidencias. Pretenden además que la educación religiosa se coloque, al menos al mismo nivel que la científica, aunque sea totalmente improbable por medios lógicos y cuyo único soporte documental, por otro lado infalible, serían las antiguas escrituras.

Hasta que la religión no  comience a ser vista como uno más de los aspectos culturales que enriquecen nuestro historia, la decisión de los padres de permitir a sus hijos discernir y elegir será la opción más apropiada.

Capítulo I

Serie 1: Los padres

Serie 2: La educación

Serie 3: La política

Serie 4: Las instituciones

Serie 5: La gran manipulación

Espere pronto el capítulo II

 

 

 

Anuncios

5 comentarios en “Capítulo I / Serie I: Los Padres

  1. Comparto muchas de las ideas que plasmas, indudablemente en las creencias religiosas también se comparten valores positivos y dependiendo de la visión que tengan los padres u orientadores para ver a cuales aspectos dan más peso que a otros.

    La religión ha sido la chispa que ha encendido durante años las más encarnecidas guerras, sin embargo al ser usado con cuidado, puede tener matices más positivos, pero lo que puedas hacer en casa se puede destruir en un instante fuera de ella.

    Culturalmente difícil de dominar, menos en nuestros países latinos…

  2. a ver a ver dígame usted, como pasa a ser responsabilidad de “la religión” y mas allá de la “creencia en dios” la actuación cultural de los padres, hablando del cristianismo si bien es cierto por razones lógicas son los padres los impulsores de la religión como norma cultural en el hijo, el principio cristiano de “libre albedrío” está incluso consagrado en uno de los sacramentos de la “iglesia católica apostólica y romana” en su cabal uso de conciencia está aquel que se confirma…

  3. No se puede hablar de libre albedrío cuando se “programa” a un niño de seis años a creer en un sistema de castigos supramoral que no está sustentado en argumento y razones sino en el terror a un castigo eterno, eso es manipulación y abuso de la mente de un niño

  4. el infierno es una construcción social más que religiosa, bien ha dicho el buen Ratzinger ( Benedicto XVI) que no es el infierno un lugar material, más bien es la posibilidad de una eternidad sin conocer a Dios…

  5. pues muy conveniente para el buen Ratzinger, pero debe ser muy mal comunicador cuando el mito continúa mostrándose en su forma más invasiva

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s